Vendas, vendas, vendas ¿Por qué siempre es que es tan difícil encontrar las vendas en las farmacias? Ya había revisado todos los estantes y se me acababan los gabinetes en los que buscar ¿Acaso la gente se dedicó a abastecerse solo de vendajes y de nada más que de vendajes cuando todo se fue a la mierda?  

 

 A la vez que lanzaba frascos y cajas de un lado a otro, el gordo calvo con un enorme agujero en el estómago que estaba a mi lado agitaba sus manos en el aire en un inútil esfuerzo de atrapar alguna de las moscas que revoloteaban a su alrededor. Era bastante cómico, como el panzón no tenía un solo pelo en la cabeza, ver a los insectos volar alrededor de su calva me recordaba a uno de esos típicos planetarios que los estudiantes arman con pelotas de plumavit para presentar en el colegio. También había una mujer delgada a la que le faltaba un brazo dentro de la farmacia, pero no era tan divertida como el panzón, ella tan solo estaba paradota frente al mostrador, mirándome con los ojos de un pescado que ha quedado fuera del agua, aunque no me extrañaba, siempre he pensado que los hombres son comediantes mucho mejores que las mujeres. 

 

 Me alegraba lo mucho más leve que se había vuelto mi miedo a los muertos vivientes en los últimos cuatro meses ¿Quién se hubiese imaginado que un zombi sería capaz de temerle miedo a otro zombi solo por ser un zombi? Zom bien locas las vueltas que da la no-vida... (Con este tipo de chistes no tengo derecho a criticar a las comediantes femeninas) Sin embargo, a pesar de mis progresos, estaba lejos de estar curado, continuaba sobresaltándome cada vez que me topaba de frente con un muerto inesperado en una esquina, no soportaba la idea de estar metido en una horda de no-muertos, y me quedaba paralizado cada vez que me cruzaba con uno de noche. A pesar de esto último, me seguían pareciendo interesantísimos, he aprendido mucho de mismo observándolos, por ejemplo, es bien sabido que los zombis no necesitan dormir, pero, eso no significa que no sean capaces de ello. A veces, cuando un zombi a deambulado por demasiado tiempo sin nada que perseguir, este se acomoda contra una pared o se recuesta en el suelo y entra en una especie de trance que perdura hasta que algún estimulo exterior lo incentiva a reanimarse a sí mismo. Por mera curiosidad intenté entrar en esta especie de trance de la que hablo y lo logré al primer intento sin problemas, resulta que es bastante sencillo y relajante, aunque no es como si un muerto necesite descansar. 

 

 ¡Aquí están! -exclamé al encontrar el lote de vendas en el último gabinete de la tienda- ¡Q bueno! No tendré que preocuparme de buscar vendajes por un tiempo. 

 

 Había comenzado a hablar conmigo mismo durante mis excursiones, pero no me había vuelto excéntrico, era un acto completamente voluntario, me ayudaba a combatir el aburrimiento y a alejar un poco el nerviosismo que me producía el estar cerca de otros zombis. 

 

 En la mochila ya no me quedaba más espacio, así que me eché una caja de cartón repleta de vendajes al hombro y me encaminé a la salida. 

 

 Volveré en algunos días, cuiden el negocio por mí ¿Okey? -me despedí del gordo calvo y la flaca manca-. 

 

 Las calles de Valparaíso parecían desoladas, pero yo sabía que ante cualquier estimulo, mis "hermanos" comenzarían a emerger de los edificios abandonados, de entre los escombros y de los callejones oscuros. Al igual que yo, ellos prefieren evitar la luz del día, me imagino que debe ser por instinto de supervivencia y autopreservación, después de todo, la luz solar acelera el proceso de descomposición. La única razón por la que vago de día y no de noche, es porque me aterra toparme con otros zombis cuando está oscuro, además, salir de día no es tan malo, y cubrirme de vendas ayuda a mermar las molestias que causan estar expuesto a la luz solar. 

 

 Miré el reloj de mi muñeca, todavía quedaban varias horas antes de que anocheciera, pero decidí que sería mejor ponerme en marcha de regreso temprano, no quería pasearme de aquí a allá tan cargado, así que comencé mi andar en camino a la casa de la vieja Patty (que quede claro que a ella se llama a sí misma con ese sobrenombre, yo respeto a mis mayores). Antes de darme cuenta, ya estaba subiendo la colina en la que estaba instalada la casa de la anciana, ubicada en uno de los tantos cerros de Valparaíso. Esto me pasa a menudo cuando me dirijo a algún lugar, mi cerebro entra en modo automático y no me percato de lo que pasa a mi alrededor hasta que ya estoy llegando a mi destino o hasta que algo interesante sucede, probablemente es algo que le sucede a todos los no-muertos como yo. Por suerte, la colina no era demasiado empinada y no era problema para mis porfiadas piernas recorrerla. Una vez llegué a la casa de la vieja Patty, una vivienda pequeña, pero con patio amplio y verja altas, saqué de mi bolsillo el manojo de llaves que me había entregado la anciana, abrí el oxidado portón, cerré detrás de mí, y entré a la vivienda. Los niños estaban sentados en el comedor pintando con lápices de colores. Margarita salió a mi encuentro cuando me vio, mientras que Nicolás se quedó sentado con el libro para colorear frente a él, fingiendo continuar con la tarea, a pesar de que no podía distinguir nada sin la guía de su hermana. 

 

 ¿Nos trajiste nuevos lápices, Agu? 

 

 Le alcancé la mochila con los víveres que encontré en la ciudad, y ella inmediatamente se puso a hurguetear en el interior, desparramando el contenido por el suelo; allí no había lápices de colores. Me dirigí al corredor que daba a las distintas habitaciones, Nicolás, como siempre, no me dijo ni una palabra, y la verdad es que yo lo prefería mejor así, no me agradan los niños. 

 

 Ramón ¿Eres tú, Ramón? -me llamó la vieja Patty desde la cama de su habitación, en la cual estaba postrada- ¿Le trajiste a la vieja Patty los puchos que te encargó, cielo? 

 No puedes fumar, hay niños en la casa –le respondí como siempre lo hago y me encerré en mi habitación-. 

 Siempre has sido un inútil ¿Por qué no puedes ser como el Carlitos? Tu hermano me habría convidado algunos puchos. 

 

 Ramón y Carlos eran los hijos de la anciana (o quizás sus nietos, jamás me molesté en preguntarle), y ella insistía en que yo era el primero de estos, lo cual, después de un par de intentos, me cansé de negar. 

 

 Me senté sobre mi colchón y abrí el cajón de mi velador. Allí, junto a una caja de cigarros, estaba el sobre de papel que la Pancha me entregó cuatro meses atrás, antes de irme por mi lado con Nicolás y Margarita. Me desvestí, retiré los vendajes sucios que cubrían mi rostro, coloqué un cigarrillo en mis labios, lo encendí, y comencé el proceso de cambiar las vendas que cubrían mi cuerpo por las nuevas que acababa de conseguir. Era un proceso lento, y no porque sintiera dolor, sino porque mis extremidades no responden con la delicadeza que lo haría un cuerpo que no es afectado por el rigor mortis. Las vendas que me retiraba apenas si tenían algunas manchas de mis jugos, pero la suciedad que las cubría provenía principalmente de las calles, no de mí. Menciono esto porque siempre he visto que en la mayoría las películas y series los no muertos están constantemente perdiendo sangre o algún otro fluido, y quiero aclarar que aquello no es más que un cliché sin fundamentos. Para cuando terminé con mi tarea, el sol ya llevaba un buen rato escondido. Me puse mi ropa, un polerón con capucha de un grisáceo oscuro que solía ser color crema, y unos pantalones deportivos celestes que tenían el logo de Nike casi completamente desgastado, y salí de mi habitación. 

 

 Ramón ¿Vas a salir? ¿Serías tan amable de traerle a tu vieja Patty unos Belmont? -me pidió la anciana cuando me vio-. 

 Ya no salgo hasta mañana, ponte a dormir, que ya oscureció. 

 

 Cerré la puerta de mi habitación y me dirigí a la sala de estar, donde Nicolás moldeaba algo con un trozo de plasticina mientras Margarita, tendida en la alfombra, le conversaba de algo a lo que no presté atención, todo a la tenue luz de una pequeña vela. 

 Cuando Nicolás escuchó mis pasos dejó la masilla de lado, le hizo algunas señas a su hermana que creo que significaron "es hora de irnos a acostar", y le estiró la mano. 

 

 Margy se dio vuelta hacía y al verme puso cara de perro pateado. 

 

 Pero si todavía no es tan tarde, apenas encendimos la vela –se quejó la niña mirando en mi dirección-. 

 

 Nicolás tomó la mano de su hermana, la hizo levantarse, y tras hacerle otra señal, la encaminó hasta la habitación de la vieja Patty, donde los pude escuchar dándole las buenas noches a la anciana. A continuación, se dirigieron a su propio cuarto, aún tomados de la mano siendo el ciego el guía y se encerraron. Margy se asomó una vez más y me deseó buenas noches justo antes de volver a encerrarse. 

 

 Apagué la vela que los niños olvidaron apagar y me senté junto a la ventana, la cual tenía las cortinas cerradas las veinticuatro horas del día por mandato de su servidor. Moví ligeramente el género hacía un costado y miré al exterior. Los espectros ya habían comenzado a abandonar sus escondites y deambulaban de un lado a otro, ninguno haciendo alguna cosa interesante. Por esas alturas no había muchos, apenas una decena, a los cuales ya reconocía y hasta había nombrado a algunos, siempre eran los mismos rondando por la zona. Probablemente podían intuir que había personas cerca, carne humana fresca, jugosa, tibia, fibrosa, palpitante... *coff, coff*. A uno de ellos, mi favorita, le puse Dulcinea. Se trataba de una muchacha de maltratado cabello castaño que llevaba un desteñido vestido rosa. Se notaba que era joven y atractiva el día que murió. Me la había topado algunas veces en la calle, ya fuera yo de ida o vuelta, y si entrecerraba un poco los ojos, casi, casi no parecía un horrendo monstruo desfigurado por las llamas de algún incendio. La belleza está en los ojos de quien la contempla, como dice la gente fea. Intenté hablarle en algunas ocasiones, pero ella no tiene ojos para mí. De cualquier forma, lo nuestro no funcionaría, disfruto demasiado de mi soltería. De momento me conformo con contemplarla, aunque algún día ¿Quién sabe? 

 

 Me podía pasar horas mirando a los muertos vivientes de los alrededores si quería, aquello había reemplazado a mi hobby de mirar mi rostro en el espejo, pero después de un corto rato me fui a mi pieza a dormir, pues tenía trabajo duro para el día siguiente y quería estar en mi mejor estado físico.

Comentarios: 3
  • #3

    Erick Salazar (lunes, 18 junio 2018)

    Tienes demasiado potencial. Tenía que decirlo.
    Saludos desde Cancún, Quintana Roo, México.

  • #2

    Eliseo Levicán Vargas, (domingo, 10 junio 2018 15:26)

    Soy corresponsal de prensa de Radio Maipú y de Radio Futuro de Suecia 88.4 FM y además crítico de Literatura y de comics chileno.
    email :elevican@yahoo.com
    Nos conocimos cuando tu vendías tus libros en la vereda de la plaza del Mulato Gil en Santiago.
    Espero que te vaya muy bien en tu negocio.
    El viernes pasado fui a un lanzamiento de un libro de poesía de un joven de Valparaìso en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, ubicada en Plaza Baquedano.
    Tengo un blog sobre cine,teatro,cine y otras artes visuales y que puedes visitar:
    http://vitrinaaudiovisual.blogspot.com/
    Me despido atte : Eliseo Levican Vargas

  • #1

    7franvam@gmail.com (martes, 15 mayo 2018 17:20)

    Excelente publicación: Creatividad, suspenso, emoción. Innovadora forma de llevarnos a
    ser parte por unos instantes, del contexto y el sentir de los personajes.