La puerta no tenía el pestillo puesto. 

 Que extraño, ella nunca deja la pieza hedionda abierta, ni siquiera cuando está sola en la casa -el niño, a pesar de estar ciego, se había percatado de que yo había girado el pomo de la puerta ¿Me había escuchado? Su presencia me empezaba a incomodar-. 

 Oye, niño, te llamas Nicolás ¿Verdad? Anda a buscar a tu hermana y espéranos en la entrada, que ya vamos tu tía y yo. 

 Bueno. 

 Para mi sorpresa el niño salió dando pequeños brincos de regreso a la habitación en la que la niña continuaba viendo la televisión, se movía con bastante confianza para alguien que afirma tener ceguera. 

 

 Abrí la puerta que daba a la "habitación hedionda", y al otro lado me recibió un pequeño corredor que terminaba en unas sucias cortinas de silicona. El lugar estaba iluminado, pero no alcanzaba a ver nada de lo que había al otro lado del cortinaje. Me adentré y aparté las tiras de silicona que se encontraban colgando ante mí. Toda nueva sorpresa que me estaba llevando aquella noche era más grande que la anterior, cada vez me sentía más desconcertado. Aquel lugar parecía salido de una película de terror, se trataba de un enorme cuarto de estructura similar al "laboratorio", solo que en este se encontraban, encadenados a las paredes, cinco cadáveres, dos de ellos inmóviles, colgando inertemente de sus ataduras... y los otros tres sacudiéndose a la vez que abrían y cerraban sus mandíbulas. Todos ellos tenían sus cabezas sujetas a la pared con cinturones de cuero que rodeaban sus frentes, todos menos una mujer que tenía el cráneo grotescamente expuesto. Por lo que pude ver, el cuero cabelludo del zombi había quedado atascado en el cinturón que se suponía debía mantener su cabeza en posición, seguramente el resultado de un constante forcejeo; los jalones de piel y pelo continuaban unidos a su cuello y colgaban de la correa en la pared. Era una imagen chocante, se me estaban poniendo los pelos de punta (¡Ja!), pero no comprendía porque estaban tan agitados, y sabía que no se debía a mí, el zombi con el que me había topado hace unos momentos en la calle ni siquiera se había dignado a desearme las buenas noches. Examiné el lugar con un par de vistazos, el lugar estaba repleto de peceras y tubos de ensayo. Explorando el lugar con la mirada, divisé unos pies tumbados sobre el suelo calzando unas zapatillas blancas, y no, no se trataba de unos pies sin cuerpo, la dueña de aquellas extremidades estaba tendida sobre el suelo de baldosa, justo detrás de una larga mesilla metálica, justo a los pies del zombi descabellado.  

 

 ¡Pancha! despierta, Pancha –vociferé mientras le daba unas pataditas a mi hermana-. 

 

 Por un momento supuse lo peor, pero entonces noté que seguía respirando, aunque estaba bastante lida. 

 

 ¿Puedes moverte? ¿Qué mierda es todo esto? 

 ¿Agustín? Creo que me golpeé la cabeza... 

 

 Me miró a mí y luego miró a los zombis que se sacudían de manera aún más enérgica que antes al ver que la presa había despertado. 

 

 No... no, no, no -comenzó repetir a la vez que se llevaba la mano al hombro izquierdo- ¡No! ¡Conchatumadre! 

 La Pancha se llevó las manos al rostro.

 ¿Qué pasa? 

 Me mordió ¡Hija de puta!

 

 Se levantó violentamente junto a mí, y comenzó a darle martillazos al zombi descabellado hasta dejarle el cráneo abierto con los sesos goteando hasta al suelo (ni idea de dónde sacó el martillo, quizás ya lo tenía con ella cuando había perdido el conocimiento). Fue entonces que noté que los dos cadáveres que no se movían también tenían heridas profundas en sus cabezas. 

 

 Quería acabar con ellos antes de irnos porque dejarlos en ese estado, encadenados por siempre, me parecía demasiado cruel... Entonces, cuando me acerqué a esta se le desprendió el pelaje y me mordió en el cuello –la Pancha se levantó el cabello, dejándome ver lo que claramente eran marcas de una mordida. La herida no era profunda, pero la piel había sido atravesada-. Luego tropecé y me golpeé la cabeza –entonces, como poniéndole punto final a la recapitulación de lo sucedido, dejó que el martillo se deslizara de sus manos para que se estrellara contra el suelo con un sonido metálico-. 

 

 Todos saben lo que sucede cuando a un humano lo muerde un zombi, aunque sea solo un rasguño. 

 

 ¿Ahora qué? -Me apresuré en preguntarle temiendo que se fuera a hundir en la desesperación-. 

 Ella me encaró con lágrimas asomándose sobre las orillas de sus parpados, tenía en su mirada una mezcla de odio y tristeza, y no sabía si iba dirigida hacía mí, hacia ella misma, los zombis, o quien fuese, aunque no es como si importase. 

 ¿Cómo están los niños? ¿Dónde están? 

 Están bien, esperan con sus mochilas en el comedor, listos para salir. 

 ¿Los pudiste ver bien? ¿Ya hablaste con ellos? 

 Hablé un poco con Nicolás, a la niña solo le vi la espalda. 

 ¿Recordaste algo al verlos? 

 Nada. 

 

 Ambos quedamos flotando en un breve momento de silencio. 

 

 Oye, yo mejor ya me voy, ya hemos estado toda una hora aquí y no quiero esperar a que los tipos que nos buscan lleguen. Además, tú ya estás prácticamente muerta, así que...

 La Pancha se secó las lágrimas del rostro con la muñeca.

 

 No necesariamente -alcanzó su cartera, la cual estaba sobre la mesa metálica, y de ella sacó el envoltorio de papel color café-. Pásame la caja azul detrás de ti –me ordenó vertiendo el contenido del sobre en sus manos, revelando un cassette compacto, un pendrive USB, y un pequeño estuche negro, no más grande que un frasco de Tic Tacs-. 

 

 Obedeciendo, tomé una caja de zapatos pintada enteramente de color azul, y la puse frente a ella.  La Pancha sacó de la caja azul una jeringa, y del estuche negro una ampolla sin etiquetar con un líquido blancuzco en su interior. En un par de precisos movimientos, preparó una inyección, respiró profundamente, y con mucho cuidado, se inyectó la sustancia blancuzca bajo el parpado inferior derecho. 

 

 Sé lo que debes estar pensando, pero lo que me inyecté no es una cura -declaró con una voz calmada-. No definitivamente, al menos. La he probado en algunos peces y animales infectados con el parásito Necrostio, del que se ramificó Anastasia. Los resultados variaron ampliamente, algunos sujetos de prueba no mostraron cambios y solo murieron pasados algunos minutos como sucede con todos los huéspedes no humanos, algunos se volvieron violentos y fallecieron a una velocidad acelerada, mientras que algunos otros afortunados sobrevivieron con leves mutaciones–hizo una pequeña pausa, para comprobar si yo tenía algo que decir, pero me quedé callado-. Agustín, seguro ya has deducido que no te he sido honesta en varios aspectos, y que te he ocultado completamente muchos otros... 

 La verdad es que no me importa una mierda –dije tranquilamente-, yo ya me voy, Pancha –dije dándome la vuelta en dirección a la puerta, pero ella me bloqueó el paso con su cuerpo, igual a como lo había hecho en el laboratorio-. 

 ¿No quieres saber de tu pasado y como llegaron las cosas a este punto? 

 Por un pequeño lapso de tiempo pensé que quizás así sería, pero cambié de parecer, déjame pasar. 

 Escúchame una última vez, te lo suplico, Agustín, por favor. Yo no voy a poder cuidar a esos niños, ya no, necesito que lo hagas por mí. Se los debes, son tus hijos. 

 No les debo una mierda, ni siquiera sé si son mis hijos, y aunque lo fueran, ya no me interesa. 

 ¿De verdad vas a abandonarlos a su suerte? 

 Si, ahora muévete. 

 La empujé hacia el lado y ella cayó de golpe al suelo, claramente estaba debilitada. 

 Si no te los llevas contigo, les daré los medios a los de Avanti, la gente que nos busca, para encontrarte –me gritó aún desplomada en el suelo-. 

 ¿A qué te refieres? 

 Chips rastreadores, igual a los que la gente les pone a los perros, con el pasar de los años decidí que lo mejor sería ponerte algunos en diferentes partes del cuerpo. 

 ¿Con los años dices? ¿Cuánto tiempo llevo siendo un zombi? 

 Si no te llevas a los niños contigo, les daré los códigos de los chips a la gente de Avanti y con ellos te encontrarán en cosa de minutos ¿Qué decides? 

 Entonces te mataré ahora, no podrás decirle nada a nadie. 

 Los códigos también están ocultos en alguna parte de esta casa, si no los destruyo yo misma, ellos terminarán por encontrarlos, tenlo por seguro. Pero si te llevas a los niños y me das tu palabra de que cuidarás de ellos, quemaré los códigos en cuanto te marches con ellos. 

 

 Me tenía acorralado, era muy probable que ella estuviese mintiendo, pero si decía la verdad, mi sueño de llevar una vida de zombi tranquila y despreocupada se iría por el desagüe. 

 

 Bueno, supongo que puedo sacarlos de aquí por el momento y dejarlos en un orfanato o algo por la mañana.  

 Con tanta cagada de películas y series televisivas de zombis que ves uno se imaginaría que ya sabes que eso no será posible. Chile no va a volver a ser lo que era después de esta noche, por ahora tienes que enfocarte en salir de Valparaíso. Toma, llévate esto –me alcanzó el cassette compacto y el pendrive USB que estaban en el sobre de café-, es imperativo que escuches esa cinta lo antes posible, pero solo si estás solo, no dejes que nadie más la escuche, en especial los niños ¡Oh! Llévate esto también -me pasó las llaves de su auto- sería muy peligroso que caminaran de noche por las calles.  

 ¿Eso es todo? 

 Si, ya no queda tiempo para despedidas –su voz se volvió quebradiza-, me sorprende que no nos hayan encontrado todavía, podrían llegar en cualquier momento. Váyanse ya, si de milagro la inyección llegara a funcionar, me encontraré contigo eventualmente, los de Avanti no me harán daño, no del tipo que pondría mi vida en riesgo, aún tengo valor para ellos. Si nos volvemos a encontrar y veo que a los niños les falta un solo pelo en sus cabezas, te cortaré los brazos y te enterraré vivo.  

 Tomado aquellas palabras como una señal de que ya no le quedaba nada relevante de que hablar, me puse en marcha al exterior. 

 ¿Agu? -me llamó cuando yo ya estaba al otro lado de la cortina de silicona-. 

 ¿Qué pasa ahora? Ya no me puedo quedar más tiempo. 

 Tengo miedo, Agu, no quiero morir sola. 

 Si, bueno, tengo el presentimiento de que es lo que te mereces ¿O me equivoco? 

 

 No recibí respuesta a pregunta, solo el murmullo de un llanto que intentaba sin éxito morir ahogado. 

Comentarios: 3
  • #3

    Erick Salazar (lunes, 18 junio 2018)

    Tienes demasiado potencial. Tenía que decirlo.
    Saludos desde Cancún, Quintana Roo, México.

  • #2

    Eliseo Levicán Vargas, (domingo, 10 junio 2018 15:26)

    Soy corresponsal de prensa de Radio Maipú y de Radio Futuro de Suecia 88.4 FM y además crítico de Literatura y de comics chileno.
    email :elevican@yahoo.com
    Nos conocimos cuando tu vendías tus libros en la vereda de la plaza del Mulato Gil en Santiago.
    Espero que te vaya muy bien en tu negocio.
    El viernes pasado fui a un lanzamiento de un libro de poesía de un joven de Valparaìso en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, ubicada en Plaza Baquedano.
    Tengo un blog sobre cine,teatro,cine y otras artes visuales y que puedes visitar:
    http://vitrinaaudiovisual.blogspot.com/
    Me despido atte : Eliseo Levican Vargas

  • #1

    7franvam@gmail.com (martes, 15 mayo 2018 17:20)

    Excelente publicación: Creatividad, suspenso, emoción. Innovadora forma de llevarnos a
    ser parte por unos instantes, del contexto y el sentir de los personajes.