Los resultados de los exámenes estuvieron listos más rápido de lo que hubiera imaginado, en menos de media hora ya teníamos las respuestas a dos incógnitas. Primero que todo, no me estaba convirtiendo en un zombi, no más de lo que ya lo soy, por lo menos. Mis capacidades cognitivas no estaban empeorando. Y segundo, Ana había desarrollado una manera de propagarse. La Pancha había estado monitoreando mi cuerpo casi a diario durante el último año sin detectar ningún cambio a excepción de un lento proceso de putrefacción, y todo indicaba que de lo único que era capaz Ana era de mantenerme con vida ante todo pronóstico, alterar mis preferencias culinarias, y claro, causar una muy inconveniente pérdida de memoria. Pero algo había cambió de la noche a la mañana (o de la mañana a la noche en este caso), Anastasia entró en estado de oviposición, que de acuerdo a la Pancha es cuando un insecto coloca huevos por montones. Mis fluidos corporales estaban llenos huevecillos. Que nadie me pregunte como es que se lo contagié a los ciudadanos de Valparaíso, porque no soy sexualmente activo ni me he andado besuqueando con nadie, palabra de boy scout 

 

 —¿Qué debemos hacer ahora? 

 —¿A qué te refieres? No hemos descubierto nada útil, la única manera en la que quizás podría desarrollar una solución a todo esto antes de que la propagación se expanda todavía más, o al menos aprender más, sería si me dejas extraerte a Ana. 

 —Eso está fuera de discusión, no te dejaré hacerlo, te mataré antes de darte la oportunidad de acercarte a mí. 

 —Ni siquiera eres capaz de mantenerte en pie tras un empujón, podría someterte a fuerza bruta si quisiese. 

 —Y aun así no intentaste extirparme a Anastasia forzosamente ¿Sabes lo que creo, hermanita? Creo que necesitas el parasito con vida y tienes miedo de dañar el bichito que tengo dentro de mí. Hasta yo sé que las cirugías son un proceso delicado, si intentas operarme a la fuerza me sacudiré y resistiré, un error y podrías aplastar a nuestra pequeña amiga. Tampoco es como si pudieses drogarme, no si no tengo un sistema circulatorio que trabaje –hice una pequeña pausa para comprobar que tenía ella que decir al respecto, pero solo me miró en silencio con los brazos cruzados-. Necesitas mi cooperación. 

 

 Un teléfono anclado a la pared del laboratorio nos obligó a interrumpir la conversación, era la primera vez que lo escuchaba sonar, hasta ya me había olvidado de su existencia. La tonada resonó un par de veces antes de que la Pancha se abalanzase a tomar la llamada. 

 

 —¿Hola?...Gracias, Don Ernesto, buenas noches –se despidió antes de colocar el aparato de nuevo en su lugar-. Agu, tenemos que irnos de aquí rápido. 

 Pasó a mi lado, recogió su chaqueta y su cartera que estaban en el respaldo de una silla. De un salto llegó a un estante, abrió un cajón, y empezó a buscar algo entre un montón de papeles. 

 —¿Quién te llamó? ¿Qué pasa?  

 —Era el portero, le pedí que si alguna vez aparecía alguien preguntando por mí lo enviara a otro piso, pero no tardarán mucho en encontrarnos –del cajón que estaba registrando tomó entre sus manos un sobre de papel café y lo metió en su cartera-. Nos está buscando gente peligrosa, te daré los detalles en el camino, nos tenemos que ir ya. 

 

 La Pancha cerró el cajón con la cadera, pasó a mi lado, abrió la puerta que daba al pasillo y se aseguró con la mirada de que no hubiera nadie sospechoso en los alrededores. 

 

 Yo no estaba procesando muy bien lo que estaba pasando, de cierta manera mi mente todavía estaba metida en la conversación que estábamos teniendo un momento atrás, la Pancha tuvo que jalar de mi para que yo reaccionara. 

 

 El pasillo estaba oscuro, pero por la ventana al final del corredor se filtraba la luz de la ciudad. Por supuesto yo tenía muchas preguntas, pero decidí que me las guardaría de momento. Seguí a la Pancha hasta llegar a la puerta que da a las escaleras de emergencia y comenzamos a descender intentando hacer el menos ruido posible. A lo que calculo era la mitad del camino, escuchamos el sonido de un disparo que provino de uno de los pisos inferiores. La Pancha y yo intercambiamos miradas, y apresuramos la marcha. Avanzaba de peldaño en peldaño tan rápido como me era posible, en reiteradas ocasiones pensé que tropezaría y saldría rodando hasta la planta baja. Todo me parecía surreal en ese momento, no sabía que pensar, me sentía como si estuviese en mi habitación viendo la televisión y que fuese alguien más quien estuviese viviendo aquella situación. 

 

 Cuando llegamos al primer piso nos encontramos con un obstáculo, un hombre vistiendo un traje negro con camisa y corbata, y cabeza rapada estaba vigilando la entrada principal. Era alto, al menos un metro ochenta y estaba tan macizo como un toro. También llevaba lentes oscuros a pesar de que era de noche y un auricular en el oído derecho conectado a un cable blanco que desaparecía entre sus ropas, parecía salido de una película gringa de espías. No me cupo duda de que era una de las personas peligrosas de la que me habló la Pancha. Nunca pensé que algún matón se vestiría así en la vida real, pero tiene sentido, el traje le daba un aire de autoridad. 

 

 Le hice una señal a la Pancha para que me siguiera y subimos un piso. Algunos residentes, curiosos por el sonido del disparo, asomaban sus cabezas fuera de sus viviendas, pero el corredor estaba despejado. 

 

 —¿Tienes alguna idea? -Me preguntó con ansiedad-. 

 —Si, saltamos al exterior por esa ventana y corremos a tu auto. 

 Me bastó una mirada para que me quedase claro que a mi hermana no le gustaba la idea.  

 —Espera ¿Y si probamos con otra salida? Hay varias en el edificio. 

 —Puede que estén vigiladas, no perdamos tiempo. 

 

 Sin dar tiempo para protestas, avancé en dirección al final del pasillo, y me apoyé contra una ventana que daba al estacionamiento ubicado en la parte trasera del edificio. A mis espaldas la Pancha se quejaba, pero no parecía que fuese a intentar detenerme. Me encaramé hasta el exterior del edificio, y, tratando de calcular mi descenso lo mejor posible, me dejé caer. Intenté aterrizar en cuatro patas, pero terminé haciendo un lio y me di un panzazo contra el suelo, el sonido de la trompada retumbó por toda la calle. Me puse de pie y revisé mi cuerpo con la mirada, afortunadamente todo seguía en su lugar. Me alejé algunos pasos para comprobar si la Pancha se atrevería a saltar y así fue; ella cayó de manera mucho más agraciada que yo y de todas formas se las arregló para desencajarse el dedo anular. Se quejaba y retorcía del dolor en posición fetal, así que le ordené que me dejara ver la lesión, y sin pedir su permiso, tomé su dedo con mis manos y lo coloqué de vuelta en su lugar de dos rápidos jalones (fueron dos porque la primera vez solo logré cambiar de posición la dirección en la que el anular estaba doblado). Naturalmente ella gritó y me maldijo. 

 

 —Deja de quejarte o nos van a descubrir. No ibas a poder conducir con la mano en ese estado. 

 

 Nos dirigimos al automóvil de la Pancha, y una vez estuvimos dentro, ella arrancó el motor y condujo disimuladamente hasta la salida del estacionamiento. Mirando por el espejo retrovisor, me podía imaginar como aparecía un grupo de matones vistiendo trajes negros abriendo fuego contra nosotros, pero nada sucedió. En cuanto perdimos el edificio de vista la Pancha aceleró a fondo, muy pronto nos habíamos alejado varias cuadras del lugar. 

 

 En la distancia se podían escuchar sirenas de ambulancias y bomberos, sin embargo, a pesar de toda la conmoción, la zona por la que estábamos viajando estaba semi vacía y relativamente calmada. Claro, había automóviles yendo y viniendo, y gente corriendo de un lugar a otro, era un caos, pero aun así quedaba suficiente espacio para que la Pancha maniobrara. 

 

 —¿Qué mierda fue eso en el edificio? ¿Qué está pasando? 

 —Espera un poco, Agu, déjame pensar. 

 —¿Pensar? ¿Pensar qué? Dime lo que está pasando ¿Por qué esa gente te está buscando? 

 —A nosotros, nos buscan a ti y a mí -me corrigió a medida que giraba el volante velozmente para tomar una esquina, por un momento pensé que el auto se volcaría-. Dame un momento, tengo que hacer una llamada. 

 La Pancha tomó de su cartera su teléfono celular y presionó el discado rápido. 

 —¿Es broma? Déjame bajar, no quiero nada que ver con todo esto. 

 —¿Aló? ¿Nicolás? ¿Está todo bien? -le preguntó mi hermana a la persona que acababa de contestar su llamada, dejando mis protestas ignoradas- Voy para allá en este momento, llego en cinco minutos, toma tu mochila y dile a la Margie que tome la suya. No le vayan a abrir a nadie... Si, las mochilas grandes, chao –se despidió antes de terminar la llamada-. Ahora sí, te explicaré algunas cosas. 

 —No, la verdad es que no me interesa, déjame en cualquier parte, yo me voy. 

 —Cálmate un poco, necesitas saber algunas cosas. 

 —Déjame bajar o estrello el auto – la amenacé poniendo mi mano sobre el volante-. 

 —Bueno, bueno, para ya. 

 La Pancha comenzó a desacelerar, pero no se detuvo. 

 —Solo déjame mostrarte una cosa, al menos eso, por favor. 

 —¿Qué? 

 

 Metió su mano en su cartera, extrajo el sobre de papel café que había cogido del laboratorio, del interior tomó dos fotografías y me las entregó. En ellas una había una niña sonriente con coletas de caballo y un niño serio de mirada perdida. Ambos parecían tener entre seis y siete años de edad. 

 

 —¿Por qué me muestras estás fotografías? ¿Quiénes son estos niños? 

 —El niño se llama Nicolás y la niña se llama Margarita, están viviendo conmigo. 

 —Ya ¿Y? 

 —Vaya, de verdad no los reconoces... Ambos son tus hijos, Agustín.

Comentarios: 3
  • #3

    Erick Salazar (lunes, 18 junio 2018)

    Tienes demasiado potencial. Tenía que decirlo.
    Saludos desde Cancún, Quintana Roo, México.

  • #2

    Eliseo Levicán Vargas, (domingo, 10 junio 2018 15:26)

    Soy corresponsal de prensa de Radio Maipú y de Radio Futuro de Suecia 88.4 FM y además crítico de Literatura y de comics chileno.
    email :elevican@yahoo.com
    Nos conocimos cuando tu vendías tus libros en la vereda de la plaza del Mulato Gil en Santiago.
    Espero que te vaya muy bien en tu negocio.
    El viernes pasado fui a un lanzamiento de un libro de poesía de un joven de Valparaìso en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, ubicada en Plaza Baquedano.
    Tengo un blog sobre cine,teatro,cine y otras artes visuales y que puedes visitar:
    http://vitrinaaudiovisual.blogspot.com/
    Me despido atte : Eliseo Levican Vargas

  • #1

    7franvam@gmail.com (martes, 15 mayo 2018 17:20)

    Excelente publicación: Creatividad, suspenso, emoción. Innovadora forma de llevarnos a
    ser parte por unos instantes, del contexto y el sentir de los personajes.