Apoyado contra la pared del baño, saqué un cigarrillo de mi bolsillo y me lo llevé a la boca con cuidado de no aplastarlo con mis dedos, luego me quedé mirando mi reflejo en el sucio espejo. No tomé ninguna bocanada, pues el humo no me sabe a nada, solo dejé el pucho entre mis labios mientras se consumía lentamente; mi atención estaba enfocada en el hilillo de humo que se escapaba por un agujero en mi mejilla derecha. A esto me he dedicado principalmente todos los días durante los últimos dos meses, a mirarme en el espejo. Bueno, a eso y a ver películas de George A. Romero. Cuando el fuego estaba a punto de llegar al filtro, me saqué el cigarro de la boca y lo apagué con mi lengua. No sentí dolor, solo un pequeño cosquilleo. 

 

 Desde el baño pude escuchar la tonada del Teletrece nocturno anunciando el inicio del noticiario. Me apresuré a la sala de estar y apagué el televisor. Me quedé de pie frente al aparato, mirando mi reflejo en la pantalla, aún con el dedo sobre el botón de apagado. A pesar de unas ojeras pegadas al hueso, un tono de piel pálido y seco, y un agujero en la mejilla derecha, no me veía tan mal para alguien que lleva muerto un año entero. 

 

 Mi olor es otro tema, apesto a carne putrefacta y a perro mojado, o al menos así siempre me dice la Pancha, porque yo no huelo nada, pero eso se debe a que no podría percibir ningún aroma aunque me introdujeran un mojón de perro directo en mis fosas nasales. 

 

 Ah, por cierto, soy un zombi, lo he sido por al menos un año, o así tengo entendido. No es que me importe, pues a excepción de mis últimos dos meses de no vida, no recuerdo nada, ni del tiempo en que mi corazón latía, ni de como morí, ni siquiera de mis primeros días como zombi ¿Que cómo sé que llevo un año muerto? Pues cuando desperté hace dos meses en esta habitación, la Pancha estaba a mi lado y me contó todo. Aparentemente ella es mi hermana, y no, ella no es un zombi, la Pancha es una humana como el resto del mundo, y una bióloga marina a todo esto. Según ella mi nombre es Agustín, y solía ser su asistente cuando tenía pulso. Aparentemente, mi condición actual se debe a un parásito prehistórico que se aloja en el cerebro y que mi hermana nombró Anastasia, que significa resurrección en griego, aunque preferimos llamarla Ana, para abreviar. Mi hermana y yo encontramos un crustáceo fosilizado en las costas de Valparaíso hace poco más de un año (Todo un hallazgo encontrar algo que no sea basura en estos tiempos, la verdad), y en este, claro, Ana venía de pasajera. Es todo un misterio como Ana llegó a mi cerebro, pues según la Pancha, pocos organismos pueden sobrevivir condiciones tan extremas durante tanto tiempo.  

 

 Aun estando frente a la pantalla, saqué otros dos cigarrillos de mi bolsillo y me los llevé a la boca tras encenderlos. Como muerto viviente que soy, no puedo disfrutar de las bondades del alquitrán y la nicotina, pero no fumo por placer. El tabaco es mi camuflaje, ayuda a disimular un poco el olor a muerto. Antes usaba colonia, pero según la Pancha, no lograba cubrir totalmente mi hedor corporal, el aroma a cigarro, por otro lado, se mezcla con la peste de la podredumbre. El efecto deseado es que la gente piense que solo soy un tipo que fuma mucho y que nunca se baña, y no un cadáver con una cagada de bicho metida en el cerebro.  

 

 Intenté darle una bocanada grande a mis cigarros, pero acabé tragándome una de las colillas por accidente. Me apresuré en servirme un vaso de agua y bebérmelo con rapidez. Según la Pancha, la primera vez que me tragué un cigarro encendido (me pasa más seguido de lo que cualquiera creería) al poco rato comencé a arrojar humo desde mi boca, mi esófago estuvo en llamas por unos instantes, y lo que pasa es que cuando uno está muerto tiende a acumular gases dentro de su cuerpo. Cualquiera pensaría que un zombi puede dejar de preocuparse de muchos peligros en comparación con los humanos, pero la realidad es que, así como los vivos tienen sus problemas, yo tengo los míos. 

 

 Miré por la ventana en dirección al mar y luego al reloj de mi muñeca, ya eran casi las nueve y media de la noche, decidí que saldría a estirar un poco las piernas. Me puse un polerón negro con el nombre de los Ramones desgastado, y salí de mi departamento. Bajando por las escaleras del edificio me encontré con la señora Patricia, y como me sentía de buen humor decidí saludarla con un buenas noches, pero ella solo se me quedó mirando con desdén mientras yo pasaba, "vieja maraca" le solté por sobre mi hombro y continué mi camino ignorando sus quejas. Una vez estuve en la calle me puse a caminar sin rumbo. Le prometí a mi hermana que no saldría antes de la media noche y que solo lo haría para ir a su laboratorio porque es peligroso y me pueden descubrir, pero la verdad es que no corro ningún riesgo, pues la gente no me presta atención, todo lo contrario, me evitan. Hubo una ocasión en que un carabinero me llamó y solicitó que me acercase a él, pero una vez estuve a su lado se percató de mi aroma y apariencia, y simplemente me mandó a alejarme de él con desagrado en su tono de voz 

 

 Hay varias cosas que me gustan de pasear por Valparaíso: Ver a la gente caminando y conversando, escuchar los automóviles pasar, las luces artificiales sobre mi cabeza que a diferencia de los rayos solares no aceleran el proceso de putrefacción. Pero lo que más me gusta es el olor de las personas, puedo sentir el aroma a vida en ellos, es intoxicante y me abre el apetito, lo cual es natural, soy un zombi. Pero que no se me juzgue de antemano, nunca he consumido carne humana, no que yo recuerde; cuando tengo hambre me llevo la mano al bolsillo de mi polerón, saco un pequeño puñado de larvas que se alimentan de un trozo piza rancio, y me las llevo a la boca. Me imagino que no debe sonar muy apetecible, pero todo lo que tiene vida y se retuerce me da una sensación de satisfacción muy placentera en el estómago que ningún alimento humano logra ofrecerme. En ocasiones logro atrapar un ratón o un gato callejero y me doy todo un banquete, sentir el latido de un ser vivo contra mis dientes me pone en un estado eufórico que es casi adictivo, pero como zombi que soy, no me puedo mover con la misma gracia y agilidad que alguien con vida, por lo que no me es nada sencillo pescar algún animalucho, así que me tengo que contentar con gusanos la mayoría de las ocasiones. Siempre estoy atento a estar bien alimentado, mi sistema digestivo no funciona de la misma manera que antes (no entraré en desagradables e innecesarios detalles del cómo es que el alimento vuelve a encontrar su camino fuera de mi cuerpo) y la verdad es que no necesito alimentarme para sobrevivir, pero si no lo hago al menos una vez al día empiezo a sentirme muy mal. De cualquier manera, los humanos no tienen nada que temerme. 

 

 Antes de darme cuenta, me encontraba parado en la vereda mirando con cara de tonto en dirección a un pub con música a todo volumen. Siempre que me pongo a vagar por la ciudad me pasa lo mismo, termino siendo atraído por lugares ruidosos sin siquiera notarlo. Me percaté de que dos tipos con pinta de buenos para nada frente a la entrada del local me miraban con cara de pocos amigos, así que lentamente intenté alejarme de la manera más disimulada posible. Supongo que a los tipos esos los habían echado del local por mal comportamiento o alguna historia similar, porque no encontraron nada mejor que hacer que seguirme mientras, con un tono de voz elevado, se sugerían el uno al otro asaltarme y/o matarme. Creo que un impulso de idiotez se apoderó de mí en esos momentos, y es que me di media vuelta y les hice saber que no me atraían los hombres en un fracasado intento de sonar ingenioso. Ni un minuto pasó y yo ya estaba tirado sobre el suelo recibiendo patadas en todo el cuerpo, uno pensaría que con tanta gente alrededor el par de ebrios no se atreverían a ponerse violentos, o al menos que mi príncipe azul aparecería de entre la multitud para socorrerme, pero no sucedió ni lo uno ni lo otro. Por suerte para mí, una de las ventajas de estar muerto es que no puedes percibir el dolor, solo pequeños cosquilleos; algunos dirían que es una maldición, ya que tampoco puedes sentir placer, pero si he de ser franco no recuerdo como es estar vivo, así que ese no es un problema demasiado relevante para mí. 

 

 La golpiza duró menos de lo que me esperaba. Cuando me di cuenta, el par de caballeros había dejado de atacarme para echarse a la fuga como si los persiguiese el diablo. En un intento de aliviar un poco mi orgullo herido, traté de gritarle a mis atacantes un par de improperios, pero solo logré escupir ruidos incomprensibles. Un tipo gordo con anteojos de botella y camisa a cuadros se acercó a mí y me ordenó que no me moviera, que iba a llamar a una ambulancia. Su inútil gesto de solidaridad me molestó bastante. Empujé con tal fuerza al regordete que se cayó sobre su trasero (no me siento orgulloso de mi reacción, es cierto que no me ayudó cuando estaba siendo usado como costal de boxeo, pero al menos fue el único al que le importó lo suficiente como salirse de su camino y ofrecerme una mano). Con lentitud me puse de pie y miré mi reflejo en el parabrisas de un automóvil. Mi mandíbula estaba desencajada de una manera que me hizo recordar como quedaba el pico chueco del pato Lucas después de recibir un escopetazo por parte de Elmer Gruñón... Es curioso cómo puedo recordar personajes de caricaturas, pero no soy capaz de recordar el nombre mi mamá o de cómo se siente el tacto de otra persona, aunque no es que aquello no me deje dormir por las noches (lo digo de manera metafórica, yo no duermo). Un pequeño público se había formado a mi alrededor, lo cual no era nada bueno, voces que expresaban horror, lastima y asco empezaron a hacerse escuchar. Tomé mi quijada con ambas manos y, como si estuviese intentando colocar un ladrillo de vuelta en su agujero correspondiente de una muralla, volví a encajarla en su lugar. El sonido ocasionado fue perturbador incluso para mí, si mi cuerpo fuera capaz, seguro me hubiese dado escalofríos.  

 

 Decidido a continuar con mi vagabundeo como que aquí no ha pasado nada, me puse en marcha una vez más, alejándome a paso veloz de las miradas curiosas. No alcancé a avanzar dos cuadras cuando mi celular comenzó a sonar. Saqué el teléfono de mi bolsillo, uno barato de esos que se usaban antes, con teclado y una batería que puede durar días. El nombre de mi hermana aparecía en la pantalla ¿Quién más que ella me llamaría? Presioné el botón de respuesta y me llevé el aparato al oído. 

 

 ¿Oja? -dije al contestar, mi jeta no había vuelto a su lugar del todo bien-. 

 ¿Agustín? -contestó mi hermana al otro lado con tono de confusión-. 

 Si, hola ¿Qué pasa? -logré articular mejor tras abrir y cerrar la boca un par de veces-.  

 —Hola, Agu, te voy a tener que pedir que vengas al laboratorio. 

 —¿Ahora? Pero ni siquiera son las once de la noche, no se supone que salga del departamento antes de las doce, alguien podría verme. 

 —Eso ya no importa, necesito que vengas, ya. 

 ¿No puede esperar? Estoy viendo el episodio nuevo de The Walking Dead. 

 —No, Agu, es una emergencia, te pasaría a buscar en mi auto si pudiese, pero estoy con las manos llenas de momento. 

 Si es que estaba dispuesta a ir a buscarme en automóvil, debía tratarse de algo urgente, ella nunca me deja subirme porque dice que no quiere que deje todo pasado a muerto y tabaco. 

 Bueno, voy para allá. 

 

 Corté la llamada, volví a introducir el celular en mi bolsillo, y ajusté mi rumbo en dirección al laboratorio. En ese momento un par de patrullas de carabineros seguidos de una ambulancia pasaron a mi lado a toda velocidad con la sirena encendida. Instintivamente agaché la cabeza. A los cinco minutos vi otras dos patrullas rebasando un par de colectivos para desaparecer en una esquina. 

 

 —Parece que los vivos tienen una noche agitada –me dije a mi mismo-.

Comentarios: 3
  • #3

    Erick Salazar (lunes, 18 junio 2018)

    Tienes demasiado potencial. Tenía que decirlo.
    Saludos desde Cancún, Quintana Roo, México.

  • #2

    Eliseo Levicán Vargas, (domingo, 10 junio 2018 15:26)

    Soy corresponsal de prensa de Radio Maipú y de Radio Futuro de Suecia 88.4 FM y además crítico de Literatura y de comics chileno.
    email :elevican@yahoo.com
    Nos conocimos cuando tu vendías tus libros en la vereda de la plaza del Mulato Gil en Santiago.
    Espero que te vaya muy bien en tu negocio.
    El viernes pasado fui a un lanzamiento de un libro de poesía de un joven de Valparaìso en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, ubicada en Plaza Baquedano.
    Tengo un blog sobre cine,teatro,cine y otras artes visuales y que puedes visitar:
    http://vitrinaaudiovisual.blogspot.com/
    Me despido atte : Eliseo Levican Vargas

  • #1

    7franvam@gmail.com (martes, 15 mayo 2018 17:20)

    Excelente publicación: Creatividad, suspenso, emoción. Innovadora forma de llevarnos a
    ser parte por unos instantes, del contexto y el sentir de los personajes.