Juegos en la casa del bosque

    C y K eran unas mellizas quienes, a pesar de no meterse con nadie y ser bastante tímidas, eran el objeto de burla y bromas pesadas por parte de sus compañeros de clase a diario solo porque eran diferentes. Un día, algunos de los niños que solían fastidiar a C y K, interceptaron a las mellizas en las afueras del colegio y les ordenaron que los siguieran para jugar a un juego.

Las hermanas al principio se mostraron escépticas, pero al final obedecieron por miedo a las consecuencias de negarse. Fueron encaminadas a la parte trasera de la escuela a la que asistían, hasta donde terminaba el terreno del colegio y comenzaba un enorme bosque en el cual se adentraron. Los profesores siempre les advertían a los alumnos que no debían entrar al bosque, ya que era demasiado espeso, lo habitaban crueles criaturas, y en el pasado ya se habían perdido estudiantes en el lugar.

 

    Las niñas estaban asustadas, no se habían percatado hasta ese momento, pero sus compañeros llevaban consigo cuerdas, baldes de pintura, y algunas herramientas. Fuera lo que fuera que ellos quisiesen, no podía ser nada bueno. C decidió que no esperaría a averiguar lo que tenían planeado sus compañeros para ellas y, tomando por sorpresa a los niños, empujó a dos de ellos al barro y le gritó a K que corriera. C y K corrieron y corrieron hasta que quedaron exhaustas y no les quedó de otra que parar un instante a recuperar el aliento (ni siquiera notaron que sus compañeros no las estaban siguiendo).

 

    Una vez las niñas hubieron descansado un poco, comenzaron a caminar de regreso al terreno del colegio, tomando una ruta diferente a la que usaron para llegar a donde estaban. Caminaron por más de una hora, pero el bosque se volvía más y más espeso. Ellas estaban muy nerviosas, pues no sintieron como si se hubieran alejado tanto del colegio cuando escapaban de sus compañeros, y la situación era todavía más compleja dado que sus teléfonos no tenían señal. Ya estaba oscuro cuando ambas llegaron a una pequeña colina despejada de árboles, en la cima de la cual había una casucha de madera. Las hermanas, tomadas de las manos, subieron la colina y tocaron la puerta, pero nadie respondió. La entrada estaba sucia y las ventanas estaban rotas y habían sido cubiertas por tablones de madera. Normalmente se habrían alejado del lugar asumiendo que estaba desolado de no ser porque sintieron un ligero olorcillo dulzón provenir de la casa. Pensando que habría alguien cocinando en el interior, C tomó el pomo y lo hizo girar, la puerta estaba abierta.

 

    El interior de la casa estaba cubierto de polvo y telarañas. El olor dulzón se volvió intenso, y algo más le acompañaba: un aroma fuerte, amargo e irritante que se mezclaba con el olor dulzón. Era la primera vez que las niñas percibían aquel olor tan desagradable, sin embargo, ambas lo reconocieron casi por instinto: era olor a muerto.

 

    Sin tener que intercambiar palabra alguna, las niñas se voltearon con la intención de no regresar jamás a ese lugar. Desafortunadamente para las hermanas, el dueño de la casa ya se asomaba entre los árboles en dirección a ellas. Se trataba de un altísimo ser que quizá en otra época habría sido un hombre, pero que de ser humano solo le quedaba un rostro lampiño y grisáceo asomándose de un enorme y espeso grumo negro que serpenteaba por el suelo dejando una baba negruzca, y unos largos brazos del mismo color que su rostro que arrastraban tres pequeños cadáveres por el suelo: los cadáveres de los compañeros de las niñas. Los niños no habían perseguido a las hermanas porque los había atrapado aquel... Ser. Y si las mellizas no hubiesen corrido cuando lo hicieron, hubieran sufrido la misma suerte que sus bulíes.

 

    Ante la aparición del "Ser", a las hermanas no se les ocurrió otra estrategia que entrar a la casa toda velocidad y con mucho esfuerzo bloquear la puerta con un antiquísimo y pesado estante de madera, y algunas sillas. Una vez la entrada estuvo bloqueada, C y K subieron a toda prisa por unas chirriantes escaleras de madera y se instalaron a vigilar silenciosamente la puerta desde el escalón más alto.

 

    En algún lugar de la casa, un reloj análogo marcaba el pasar de los segundos con su oxidado segundero. Las hermanas, sin siquiera notarlo, comienzan a respirar al unísono de cada "tictac": tic, inhalar, tac, exhalar, tic, inhalar, tac, exhalar, tic, inhalar, tac, exhalar, tic... las niñas contuvieron la respiración al escuchar el pomo de la puerta moviéndose de un lado a otro: "¡tac, tac! ¡tras, tras! ¡pon, pon!"

 

    El Ser estaba intentando abrir la puerta, pero el estante obstaculizaba la pasada. Tras algunos intentos más, el Ser se rindió.

Las niñas respiraron sintiéndose algo aliviadas, sentimiento que no duró demasiado. Casi no pudieron creer lo que vieron a continuación:

 

    El Ser había aparecido de un instante a otro en el interior de la casa, justo al frente de la barricada de muebles, con un sonido estático similar al que hacen las radios antiguas al ser encendidas. Dejó los cadáveres de los niños sobre el suelo y se quedó contemplando los muebles que bloqueaban la puerta de su hogar, como si tuviese problemas para entender lo que estaba sucediendo.

 

    C y K, mientras tanto, hacían sus mejores esfuerzos para no soltar un gemido de miedo. Estaban llorando la gota gorda mientras contemplaban desde las escaleras los cadáveres de sus compañeros. Dos de ellos estaban bocabajo, pero el tercero había quedado encarando al techo. En las cuencas donde solían estar sus ojos tan solo quedaba un vacío oscuro del que brotaban dos hilillos de sangre, y su boca, que estaba abierta de par en par, carecía de dientes y lengua.

Sin apartar la mirada de los obstáculos que bloqueaban la puerta, el Ser desapareció de la misma manera en que había aparecido.

 

    Las niñas pudieron escuchar el sonido a radio antigua en alguna parte de la casa. Lo escucharon una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces. En ocasiones se escuchaba lejos y en otras cerca. C y K comprendieron rápidamente que el Ser las estaba buscando, y sería cuestión de tiempo para que revisara las escaleras. Las mellizas trataron de idear alguna solución a aquella situación, y por un momento pensaron en probar su suerte y salir corriendo por la puerta de entrada, pero si el Ser si quiera las escuchaba, todo lo que tendría que hacer para atraparlas sería desaparecer y reaparecer en frente de ellas. No, lo mejor sería buscar un escondite.

 

    El segundo piso de la casa también tenía las ventanas cubiertas con tablas de maderas, y la única iluminación que brindaban era el de las delgadas líneas de luz lunar filtrándose por los orificios de los tablones. No había mucho que ver, tan solo un corredor que llevaba a una vieja puerta de grueso roble de la cual, al parecer, emanaba el olor dulzón mezclado con el olor putrefacto... era la única puerta del segundo piso. Las muchachas, con un frío que les rascaba los huesos y con la cara cubierta por una máscara de lágrimas y mocos, decidieron esconderse allí.

 

    Una vez C abrió la puerta del segundo piso el olor dulzón mezclado con el olor putrefacto las golpeó con más fuerza que nunca, detener el flujo del contenido de sus estómagos hasta el interior de sus bocas y hacia afuera de estas les fue imposible.

Entre arcadas y espasmos, las dos chiquillas soportaron el hedor, cruzaron la puerta y la cerraron detrás de ellas con cuidado de que esta no rechinara demasiado. El interior estaba en penumbra total, no había siquiera una ventana bloqueada por tablas que dejase filtrarse algo de luz lunar.

 

    C y K encendieron sus teléfonos para poder iluminar el lugar. El teléfono de K se había quedado sin batería, pero afortunadamente, al del de C todavía le quedaba un poco más de veinte porciento. C activó la linterna de su celular el cual casi deja caer al percatarse de lo que las rodeaba: decenas, si es que no cientos, de cadáveres colgando de gruesas cadenas sujetas al techo de la enorme habitación. Todos los cuerpos tenían sus ropas puestas, y varios de ellos vestían el uniforme del colegio de las niñas. Ninguno de ellos tenía ojos, dientes o lengua. De allí es de donde provenía el olor putrefacto y desagradable. ¿Y el olor dulzón? Pues todo indicaba que también provenía de los cadáveres, ya que estaban cubiertos de pies a cabezas por una sustancia amarillenta de aspecto pegajoso que se asemejaba al caramelo (teoría que ninguna de las hermanas quiso acercarse a comprobar).

 

   K, con el rostro cubierto de lágrimas, le dijo a su hermana que tenía mucho miedo y que solo quería marcharse de ese lugar. C no supo como responder, ella estaba tan aterrada y asqueada de la situación como K, pero moverse de allí mientras el Ser las estaba buscando era demasiado arriesgado.

 

    C iluminó lo mejor que pudo el resto de la habitación con la esperanza de encontrar otra puerta. No halló ninguna salida, pero si un rincón en el cual no había ningún cadáver enganchado del techo, y en aquel espacio, un pequeño baúl de madera. C sujetó a K de la mano, la guio hasta el baúl con cuidado de no pasar a llevar ninguno de los cadáveres, y ambas se sentaron alrededor del cofre de madera tras comprobar que el suelo no estaba demasiado sucio en esa zona.

 

    El baúl tan solo contenía dos objetos: un álbum, y una caja de cartón no más grande que una caja de zapatos.

 

    En el álbum las niñas encontraron antiguas fotografías de un niño regordete y saludable, vistiendo el atuendo del colegio de las hermanas y luciendo una enorme sonrisa. A medida que las mellizas revisaban página tras página del álbum, el niño de las fotografías iba creciendo hasta ser muy alto, perdiendo peso hasta quedar absolutamente delgado, y la sonrisa iba desfigurándose hasta convertirse en una mueca de tristeza y angustia.

 

    Las niñas dejaron el álbum de lado y se concentraron en la caja de cartón, la cual contenía un rompecabezas. Las piezas del puzle eran pequeñas y oscuras, no era posible descifrar el significado de la imagen que componía sin armarlo primero. C y K pensaron que quizá el puzle era justo lo que necesitaban para calmar sus nervios mientras que esperaban a que el Ser dejara de buscarlas, se fuera a dormir, o que saliera de la casa una vez más, así que comenzaron a armar el rompecabezas en silencio.

Los minutos pasaron, y las niñas tuvieron éxito en relajarse un poco, incluso lograron acostumbrarse al nauseabundo aire que se veían obligadas a respirar. No sabían si el Ser continuaba buscándolas, ya hace rato que no escuchaban el sonido que la criatura emitía al aparecer y reaparecer, ni de lejos, ni de cerca. Lo único ruido que escuchaban era el ligero sonido que las piezas del rompecabezas emitían al encajar en su lugar, y el ocasional goteo proveniente de algún sitio de la habitación.

 

    Cuando al rompecabezas no le faltaban demasiadas piezas para quedar terminado, C acercó el celular a este para comprobar si lo que representaba ya era apreciable. Las niñas entrecerraron sus ojos un poco intentando descubrir si reconocían la oscura imagen, y luego los abrieron como platos al darse cuenta que se trataba de una fotografía de la mismísima habitación en la que ellas se encontraban; se pudieron ver a sí mismas sentadas alrededor de la luz del celular de C, armando aquel rompecabezas, y detrás de ellas, en la oscuridad, asechándolas junto a uno de los cadáveres caramelizados, estaba él... el Ser.

 

    Las niñas todavía no salían de su estupefacción cuando la batería del teléfono celular de C murió. Lo último que escucharon las mellizas fue el sonido estático de una antigua radio encendiéndose a sus espaldas.

Comentarios: 3
  • #3

    Erick Salazar (lunes, 18 junio 2018)

    Tienes demasiado potencial. Tenía que decirlo.
    Saludos desde Cancún, Quintana Roo, México.

  • #2

    Eliseo Levicán Vargas, (domingo, 10 junio 2018 15:26)

    Soy corresponsal de prensa de Radio Maipú y de Radio Futuro de Suecia 88.4 FM y además crítico de Literatura y de comics chileno.
    email :elevican@yahoo.com
    Nos conocimos cuando tu vendías tus libros en la vereda de la plaza del Mulato Gil en Santiago.
    Espero que te vaya muy bien en tu negocio.
    El viernes pasado fui a un lanzamiento de un libro de poesía de un joven de Valparaìso en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, ubicada en Plaza Baquedano.
    Tengo un blog sobre cine,teatro,cine y otras artes visuales y que puedes visitar:
    http://vitrinaaudiovisual.blogspot.com/
    Me despido atte : Eliseo Levican Vargas

  • #1

    7franvam@gmail.com (martes, 15 mayo 2018 17:20)

    Excelente publicación: Creatividad, suspenso, emoción. Innovadora forma de llevarnos a
    ser parte por unos instantes, del contexto y el sentir de los personajes.