Benignamente maligno

 Desnuda frente al espejo, miro mi delgado cuerpo. El tamaño de mi busto y mis nalgas disminuyeron tras la cirugía, “Es natural,” dijo el doctor Ficci una vez recupere algo de peso su cuerpo volverá a la normalidad.” Miro la cicatriz que cruza la parte más baja de mi vientre, apenas tiene 10 centímetros de largo, quizás menos, a simple vista ni se nota. Mi mamá, entre lágrimas, dijo que es un recuerdo de lo que ya nunca podré ser: "una madre". De todas formas, nunca, en mis veintiocho años de vida, pensé que quería ser madre, tan solo estoy contenta de que los dolores abdominales hayan llegado a su fin. Hubo ocasiones en las que lo conversé con la Yaya en la hora de colación durante las cuales me contaba sobre cómo era tener hijos, de que el tiempo para ello no dura para siempre, y que algún día nacerían mis instintos maternales, pero jamás sentí el “deseo” de procrear. Aun así, tengo cierta sensación de pesadumbre, una melancolía que no puedo explicar ¿Es normal sentirse así? Fernando dice que, aunque aborrece la idea de ser padre, odiaría perder sus testículos, supongo que es algo más o menos parecido. De todas formas, la idea de no poder convertirme en la esclava de un infante es mucho más soportable que el dolor que me estaba causando el tumor, ya apenas podía dormir en las noches con esa pelota creciendo dentro de mí. 

 Me siento en mi silla con rueditas chillonas. Frente a mí, sobre el escritorio, dentro de un frasco, está el responsable de todos mis males. Mi mamá me dijo –y con razón- que yo soy una persona extremadamente morbosa cuando le conté que le pedí al doctor que me diera mi tumor en un envase Tomo el contenedor entre mis manos dentro del cual el quiste flota en medio de un líquido amarillento. Es más grande que un limón, aproximadamente del tamaño de una naranja, no sé cómo pudieron sacarlo de mi interior sin abrir un enorme agujero en mi estómago. “Inmundicia de mierda, ya no me harás daño.” Le digo en voz alta tratando de desahogar mi enojo por todos los males que esa bola de porquería me había traído, pero no siento nada, pensé que quizás podría canalizar mi frustración, o mis ondas negativas, o algunas de esas mierdas de las que la gente tanto habla siempre en las redes sociales ¿Tendrá algo que ver con todo eso del chi? Supongo que lo googlearé mañana, ahora ya es tarde y estoy cansada. Pongo el frasco de vuelta a su lugar, abro las ventanas de mi departamento de par en par, y me acuesto aún desnuda para irme a dormir, mañana tendré que volver a insistirle al señor Guillermo para que repare el aire acondicionado. 

 
 

 Cuando vuelvo a abrir los ojos, me encuentro recostada sobre una enorme y rustica puerta de madera, la cual flota en medio de un enorme lago. Sorprendida por el súbito cambio de mi entorno, me pongo de pie con cuidado. Estoy descalza y llevo un elegante vestido negro que jamás había visto en mi vida. El lago está inmóvil, ni siquiera la presencia de mi inusual navío corrompe la tranquilidad del agua. Instintivamente me llevo la mano al vientre y puedo sentir la piel tersa, inmaculada, la cicatriz de la cirugía ha desaparecido- Una tranquilidad que no había sentido en meses inunda mi ser. Me vuelvo a acostar dispuesta a permitirme relajarme por fin, es entonces cuando escucho un extraño sonido al otro lado de la puerta, rasguños para ser exacta. En un principio son suaves e inconstantes, los ignoro, pero paulatinamente se vuelven pesados y frecuentes. Pongo mi oreja contra la puerta, y en ese preciso momento los rasguños se detienen. Pasan minutos, horas, días, pero no despego mi oreja de la puerta de madera, y cuando estoy a punto de rendirme, escucho una voz, pero no proviene del otro lado de la puerta, no, viene del cielo.  No logro entender lo que dice, pues es un débil susurro, pero tal y como el sonido de los rasguños, el susurro va ganando fuerza. Noto que se trata de una voz infantil, sin embargo, no logro adivinar si se trata de un niño o una niña. Tampoco logro comprender lo que dice, aunque repite lo mismo una y otra vez, y poco a poco va subiendo el volumen de su voz. El cielo comienza a cubrirse de nubes negras de tormenta, y, de pronto, cae un duradero rayo no muy lejos de donde yo estoy flotando. El rayo no truena, si no que grita con una potente voz adulta, cuyo sexo no puedo identificar. En esta ocasión sí que entiendo lo que dice… ¡DEJALO SALIR, MADRE! 

 Ya es de mañana, estoy de vuelta en mi desordenada habitación. Gotas de sudor frío recorren todo mi cuerpo, siento un dolor punzante en mi estómago, y unas súbitas nauseas se apoderan de mí. Corro al lavabo de mi baño el cual está a pocos metros de mi cama, no obstante, no logro llegar a tiempo, y paso los próximos veinte minutos limpiando el vómito de la alfombra ¿Acaso tuve una pesadilla? Sé que tuve un mal sueño, pero no recuerdo de que trataba. Miro la hora en mi celular, las seis con cuarenta y dos minutos, 3 minutos más y la alarma se hubiese activado. Froto mis manos en un gesto involuntario, ¡Estoy congelándome! No lo había notado, no siento frío, pero mi cuerpo entero parece un cubo de hielo, es lo que pasa cuando te vas a dormir sin ropa y con la ventana abierta, no me sorprendería si cojo un resfriado. Cierro mis ventanas, me visto, y tomo un abundante desayuno, no porque lo recomendó el doctor Ficci, sino porque tengo un hambre salvaje. Dos huevos fritos, pan tostado, un enorme bolo lleno de cereal (Del azucarado con sabor a chocolate que come Fernando, no esa mierda baja en calorías que siempre me obligo a comer), jugo de naranja, una barra de chocolate que robo del velador de Fernando, y mucho café. Aun después de todo eso no me siento completamente satisfecha. Ordeno un poco mi habitación, me siento en mi escritorio, y le mando un correo electrónico al doctor Ficci informándole que he tenido dolores abdominales al despertar.  
 

 Me reclino en mi asiento con rueditas chillonas, y al no tener nada mejor que hacer, me pongo a tratar de recordar lo que sucedía en mi sueño. Apenas logro formar unas imágenes vagas en mi memoria. Creo estaba en una piscina ¿Acaso estaba nadando? No, no, me suena a que iba en un barco, y había alguien más… Una voz. Un dolor punzante en mi vientre me toma desprevenida, doy un pequeño brinco, mi rodilla golpea el escritorio, y el frasco con el tumor sale rodando por la alfombra. Levanto el contenedor, detrás del vidrio cientos de fragmentos blancuzcos nadan de un lado a otro tras el viaje sobre mi alfombra, y la pelota da giros en su propia orbita. Caigo en la cuenta que últimamente paso demasiado tiempo en i pieza observando la bola de porquería. Estar con permiso de descanso por licencia médica no quiere decir que deba quedarme encerrada todo el día. Salgo de mi trance, dejo el jarro sobre el escritorio, tomo mi cartera y abandono el departamento para estirar las piernas. 

 

 En el camino al exterior del edificio me detengo frente al departamento del señor Guillermo. Casi toco a su puerta para insistir con el tema del aire acondicionado, pero recuerdo como se puso el viejo la última vez que lo molesté en la mañana, y continúo con mi andar. 

 
Las calles ya están despiertas, los automóviles van y vienen, la gente conduce apresuradamente hacia sus lugares de trabajo. 

 Camino sin rumbo hasta que las carreteras se vacían una vez más. Llego hasta la subsecretaria sin darme cuenta, costumbre supongo. Si pongo atención puedo escuchar los teléfonos sonando desde aquí, los muchachos parecen tener una jornada ocupada. Me alejo de mi lugar de trabajo sin prisa. 

 Llego al parque, que, aunque por lo general está lleno de gente ruidosa y delincuentes andando en patineta por la vía pública, a esas horas es un lugar bastante tranquilo. Me siento en un banquillo, suspiro profundo, y nuevamente no hago nada, es lo malo de todo este asunto de tener licencia médica, no tener nada que hacer. Ojalá me gustase leer, o cocinar, o tener alguna actividad o hobby, pero no es así, solo trabajo y uso el Facebook al llegar a mi casa todos los días. Supongo que tengo las clases de yoga los viernes y sábados, pero por desgracia, ni eso puedo hacer después de la operación 

 Una mujer llevando un coche se sienta en un banquillo cercano, toma a su bebe en brazos, el cual no tiene más de un año. El infante ríe con las ridículas voces y gestos que hace la mujer, quien supongo es la madre del niño. ¿Para eso tiene hijos la gente?, ¿Para mantenerse ocupados? 

 Me quedo viendo al bebe desde mi asiento durante un buen rato, su forma de sonreír, su forma de moverse, de babear, de llorar, de ser... por alguna razón todo en él me apetece cautivadoramente extraño. Entonces descubro una sensación, un sentimiento, algo en que despertó al presenciar la imagen del bebe con su madre… Asco. 

“Oiga ¿Qué es lo que quiere? Voy a llamar a la policía Me protesta la mujer con un aire de pocos amigos ¿Cuál es su problema? Solo estaba viendo al renacuajo. Me dispongo a responderle, pero me doy cuenta de que mi ceño está fruncido, mi nariz arrugada, mis dientes están al descubierto, y yo... estoy gruñendo ¿Cuánto tiempo llevo haciéndolo? Y más importante aún ¿Por qué lo hice? El doctor Ficci dijo que sufriría algunos cambios hormonales, y que podría actuar de forma inusual ¿Se refería a esto? Me levanto sin decir nada y me largo del lugar. Me dedico a caminar sin rumbo un rato más. 

 Aun no son siquiera las doce, pero un hambre súbita me obliga a detenerme frente a un restorán tailandés para almorzar. Me devoro un plato de ternera con salsa picante, cerdo agridulce, sopa de maíz, y un enorme tazón de arroz blanco. Al menos mi apetito es bueno. Noto como los encargados del local se murmuran cosas y me observaban desde la ventana de la cocina, se trataba de un grupo de asiáticos que definitivamente no hablan en chino. Cuando le pedí la cuenta al mesero, un hombre joven, alto y extremadamente delgado, este me dijo que no me preocupara por pagar, pero que por favor no volviera. 

 Tras insultar la comida –la cual en realidad estaba deliciosa- me levanté y salí por donde había entrado mientras protestaba. ¿Qué le pasa a esta gente? Si yo me comporté perfectamente bien ¿Acaso estaba gruñendo de nuevo? 

 Tras el paseo, el cual estuvo lejos de ser ameno, me dirijo de vuelta a mi departamento. Una vez estoy dentro del edificio, golpeo con fuerza la puerta del señor Guillermo, aún enojada por el asunto del restorán tailandés, y cuando me abre la puerta, le sermoneo durante la siguiente media hora, quejándome de que a pesar de que llevo una semana pidiéndoselo, aún no ha arreglado el aire acondicionado. Luego, sin darle tiempo al hombre para responder una sola palabra, me doy media vuelta, me retiro, y de un portazo me encierro en mi departamento. 

 Me saco la chaqueta y me dejo caer como ladrillo sobre mi cama, estoy cansada. Acostada boca abajo, miro de reojo a mi tumor en el frasco, el cual aún está donde lo dejé: sobre mi escritorio. La pelota blancuzca flota despreocupadamente en el líquido amarillento, parece más grande desde mi posición. Poco a poco mis parpados se van cerrando 
 

 Nuevamente estoy aquí, sobre mi puerta de madera, flotando en mi lago, ya recuerdo este lugar. Es un buen lugar para estar, no para trabajar, ni escuchar música, ni hacer yoga, ni para dormir, y definitivamente no para pensar, solo para estar. Me recuesto sobre mi puerta de madera, y hago lo que se supone que se debe hacer en este lugar, ser yo misma, aunque no estoy segura de cómo hacerlo exactamente, tengo el presentimiento de que lo estoy haciendo bien. 

 Mientras me relajo, me digo a mi misma que podría hacer esto por siempre, ser yo y nada más. De pronto los rasguños suenan contra mi puerta una vez más, es eso nuevamente. Al mismo tiempo, los susurros del cielo (que de momento está despejado) vuelven a hablarme, y esta vez puedo entender claramente lo que la voz infantil me susurra desde el firmamento: “Déjalo salir, madre, déjalo salir.” Lo repite una y otra vez.  “¿De qué estás hablando?” Le pregunto. Silencio. Las nubes dejan de moverse, el viento deja de soplar, el día no avanza, el tiempo se ha detenido. “Madre.” Comienza a hablar una vez más la voz de las alturas “Duele mucho estar solo, madre. ¿Por qué me has dejado solo?” Una lágrima corre por mi mejilla, y queda suspendida en el aire una vez abandona mi rostro. De golpe, una tormenta se desata y no mucho después, incontables rayos empiezan a caer a alrededor ¡DEJALO SALIR, MADRE! Esta vez gritando con una voz adulta NO TE ENTIENDO ¿QUÉ TENGO QUE DEJAR SALIR?” le pregunto entre sollozos. y tras un momento de silencio, la voz pronuncia lentamente: “A mi hermano…” 

 
Ya comienza a oscurecer cuando me despierta el timbre de mi teléfono, es la Yaya, dice que ya salió del trabajo y me pregunta si quiero tomar una taza de café con ella, le respondo con un frío y simple , entonces paso mi dedo sobre el botón para finalizar la llamada. Me duele el abdomen, el dolor es punzante, pero en breve la molestia desaparece ¿Para qué mierda me sometí a la operación? Ya ni puedo tener hijos y, aun así, los dolores continúan. Me siento en mi escritorio y reviso mi correo, el doctor Ficci ha respondido mi mensaje. Dice que es normal sentir molestias durante las primeras semanas después de la operación y que, si las molestias contunaban, me podía resetar unas pastillas para el dolor. 

 Poso mi mirada sobre el tumor en el frasco y… ¿Qué demonios? No me lo puedo creer… Al principio pensaba que era mi imaginación, pero esa cosa está creciendo, apenas cabe en el frasco ya. Llamo a la oficina del doctor Ficci para contarle, pero al parecer no está disponible, así que le envío un e-mail a su correo. Me quedo mirando el tumor en el frasco, es fascinante, ¿Por qué sigue creciendo fuera de mi cuerpo? ¿Acaso los tumores tienen vida propia La herida de mi vientre me vuelve a doler, y el dolor es acompañado de un hambre salvaje. Me seco el sudor de la frente, me pongo mi chaqueta, y salgo a mi encuentro con la Yaya. 

 “¿Estás bien, querida? Te noto algo ida” La Yaya me pregunta mientras me zampo lo que queda de mi pedazo de pastel de chocolate con manjar y lúcuma. No logro responderle a tiempo debido a que tengo la boca demasiado repleta “Bueno, enfermo que come no muere, dicen.”  Se responde a sí misma. “Yaya, ¿Qué se siente ser madre?” le pregunto.  La Yaya se queda mirándome con la misma mirada que pone cuando un cliente le cuenta sus penas y percances desde el otro lado del teléfono en el trabajo. “Ay, chiquilla ¿Eso te ha estado molestando después de la operación?” Aunque la Yaya es tan solo tres años mayor que yo, me trata como si fuese una niña. Le digo que no tiene nada que ver con mi situación, que solo es curiosidad. La Yaya con cara de poco convencida me explica que no es algo que pueda explicar, que todo depende del tipo de mujer que es la madre, del niño, de su crianza, y de muchos otros factores más. Pero también me dijo que hay algo que es seguro, y es que no hay un lazo más fuerte que el de una madre y su hijo. La Yaya y yo conversamos un rato más de temas insípidos y poco interesantes como es costumbre. Después de una hora ella se para, dice que ya se tiene que ir a casa, se despide y me deja sola. No me molestaría quedarme sentada un poco más, pero opto por seguir el ejemplo de la Yaya y retirarme tras pagar mi café, mi trozo de pastel, y mi sándwich. Camino de vuelta al edificio pensando sobre lo que me dijo la Yaya; no me dio la respuesta que yo esperaba. Una vez llego a mi departamento, noto que las luces están prendidas y que puedo escuchar pasos y golpeteos en el interior. Me asusto durante un momento, pero luego me doy cuenta de que debe ser el señor Guillermo finalmente reparando el aire acondicionado. Eso me recuerda que fui muy descortés con él en la mañana, estaba pasando un mal rato, aprovecharé para disculparme. 

Abro la puerta, y allí está el señor Guillermo frente a mi escritorio. Tiene algo entre sus manos… “¡NO, DEJA ESO AHÍ!” Me abalanzo sobre el señor Guillermo, y entre forcejeos, el frasco cae al suelo y se quiebra en mil pedazos, esparciendo líquido amarillento por doquier. “¡MIRA LO QUE HAS HECHO! FUERA, FUERA DE AQUÍ.” En su salida me deja saber que piensa que estoy loca, y que no piensa volver a intentar reparar el aire acondicionado, pero no le presto atención. ¿Dónde está, dónde está? ¡AH! Allí está. Tomo mi tumor con mis manos, que bueno que no le pasó nada, creo que ha vuelto a crecer. 

 Me siento sobre mi cama, me dedico a sentir a mi tumor entre mis manos, es suave, está tibio… ¡Y palpita! Tal y como lo pensé, mi tumor debe de tener vida propia. Necesito llamar a las autoridades y a la prensa para informarles ¿Debería ponerle un nombre 

 
Informar a las autoridades, nombrar un tumor… ¿En qué estoy pensando? Esto no es un tumor, no hay forma en que sea un tumor, es algo más. Mi cabeza y mi vientre me duelen, creo que todo este asunto y el estrés está nublando mi juicio, llevo el día entero comiendo como tonel sin fondo, gruñéndole a mujeres con bebes, soñando con voces, y gritándole a la gente por el contenido de un frasco. "Desorden hormonal" decía el doctor Ficci ¡Si, claro! Y después voy a empezar a poner huevos de oro, esto va más allá de simples desordenes hormonales, poco a poco me estoy volviendo loca Necesito llevar esta cosa a incinerar, o a que la aplasten, o lo que sea con tal de destruirla. Pero ahora estoy demasiado cansada y adolorida, jamás me había dolido tanto el vientre, ni siquiera cuando el tumor estaba dentro de mí. Creo que estoy perdiendo el conocimiento, quizá eso es lo que necesito, un poco de descanso, y entonces volveré a ser yo misma... y todo este sinsentido llegará a su fin. Noto como voy quedándome dormida mientras sostengo el tumor (o lo que sea esta cosa) entre mis manos, extrañamente no le tengo miedo ni asco… 

 

Ah, mi querido lago, mi pedazo personal de infierno en el cielo ¿Con que disparates envenenaras mi mente en esta ocasión? Nadie rasguña a mi puerta, y nadie grita desde el cielo. Me sorprendo a mí misma con lo tranquila que estoy. Decido esperar, no es como si pudiese hacer otra cosa. No necesito aguardar demasiado, el ser al otro lado de la puerta se hace presente con fuertes embestidas. “MADREEEE, DEJALO SALIR, YA ES LA HORA, NO PUEDES ESPERAR MÁS”  “¡No me engañaras más! Yo no tengo hijos, nuca los quise, y nunca los querré.” Le respondo. Las embestidas no se detienen, todo lo contrario, se vuelven más fuertes. “POR FAVOR MADRE, MI HERMANO, TÚ Y YO ¡MORIREMOS LOS TRES SI NO LO DEJAS SALIR!” Estas palabras me toman por sorpresa… no quiero que mueran, aunque no sean mis hijos. “De acuerdo, ¿Qué tengo que hacer?” pregunto, “SOLO TIENES QUE ABRIR LA PUERTA.” 

 
 

 Rápidamente busco la manilla de la puerta, pero no hay nada. “RÁPIDO MADRE, EL TIEMPO SE ACABA.”  Entonces noto que hay algo tallado en la puerta… ¿La letra de una canción de cuna? No sé si eso estaba ahí de antes o si acaba de aparecer, pero mi instinto me dice que debo reproducirla. Aclaro mi voz tosiendo un poco antes de ponerme a cantar Extrañamente, la canción se me hace familiar, y hasta conozco el ritmo de la melodía. 

 

“Dulce niño del bosque, 

con tus ojitos de borrego, 

audaz niña de la noche, 

con tus manitas de algodón, 

corran a su madre, 

que cansada está 

y el sol se oculta ya... 

 

Niña de la noche, 

tu hermano  

¿Dónde está? 

ya es la hora, ya es la hora 

de dejarle salir...  

 

 En el momento en que termino de cantar, el cielo oscurece, sumergiendo mi mundo en tinieblas. La puerta rechina bruscamente mientras se abre de par en par. Casi caigo al interior, pero logro sujetarme del marco de la puerta en el último momento. Con la mirada inspecciono el lugar, hay poca luz, pero no está absolutamente oscuro como en mi mundo. Se trata de una zona completamente diferente, hay mucho viento, y una tormenta ruge en los cielos. Miro hacia abajo, y veo un rio que avanza con furia. A diferencia de mi lago, las aguas del rio son oscuras y espesas. ¡Se mueven! Algo está saliendo de las oscuras aguas, es… ¿Un niño? Una pequeña en pijama se eleva en dirección a mí, pero algo le sucede, está cambiando. A medida que flota en mi dirección sus brazos y piernas se estiran, su cabello se cae, y su rostro se desfigura hasta semejarse al rostro de un chimpancé salvaje. Un grito se estanca en mi garganta en el momento en que la criatura se encuentra frente a mí. 

Ya no soporto el dolor, madre. Es hora de dejarme salir.” 

 La criatura me enseña unas enormes, negras, y afiladas garras, y con un rápido movimiento las pasa por mi vientre, dejando mis interiores expuestos. 

 Despierto bañada en sudor frío, mi vientre me duele mucho, llevo mi mano a mi abdomen, estoy empapada, no hay manera de que haya sudado tanto, ¡Es sangre! ¡Estoy sangrando! Enciendo la lámpara que está al lado de mi cama y me miro detenidamente. La herida en mi vientre está sangrando ¿Cómo pasó esto? Hace días que ya me habían sacado los puntos. 

 Busco mi teléfono para llamar a emergencias, pero un dolor punzante en mi estómago me paraliza Algo se movió… ¡Algo se movió dentro de y por las comisuras del área de la herida lo pude ver 

 “Madre... déjalo salir.” Dice una voz familiar desde un rincón de mi cuarto donde no llega la luz de mi lámpara. Mis músculos se tensan, y mi aliento se hace visible, entonces veo salir rodando de las sombras a mi tumor… “Déjalo salir.” El tumor comienza a retorcerse, a cambiar, a crecer, poco a poco va tomando forma a medida que emite desagradables sonidos burbujeantes. Primero desarrolla unos pequeños bultos, los cuales se estiran hasta convertirse en delgados brazos y piernas, luego, se asoma una cabeza con un rostro parecido al de un primate, y finalmente, una larga melena negra crece para desprenderse de la nuca en el momento en que deja de crecer. 

 La criatura se queda mirándome puedo sentir un hilillo de mi propia orina deslizándose por mis muslos. “¡DEJALO SALIR, MADRE!” La criatura arremete contra al tiempo que enseña unas enormes garras negras, pero parece que aún es torpe en el manejo de sus nuevas extremidades, ya que cae al toparse con el borde de mi cama. Aprovecho el momento para despabilar, me levanto ignorando el dolor de mi vientre y me encierro en el baño de mi departamento Enciendo la luz, no hay ni siquiera una ventanilla por donde escapar, ¿Debería salir del baño e intentar correr a la puerta de salida? Demasiado tarde, unas embestidas comienzan a sacudir la puerta de madera, la criatura me tiene acorralada. Del susto tropiezo, caigo, y me sujeto de lo primero que alcanza mi mano, una cañería, la cual debió estar en muy malas condiciones, ya que se rompe casi al instante. Un charco de agua inunda rápidamente el baño. Tomo una posición fetal y lloro mientras la puerta de madera es embestida una y otra vez, puedo notar como va cediendo. “¡DEJALO SALIR, MADRE, TIENES QUE DEJARLO SALIR!” Me grita la criatura desde el otro lado. Dejarlo salir ¿De qué está hablando? Miro la herida en mi abdomen y entonces... un par de ojos me miran de vuelta ¿Qué mierda está pasando? 

 
 

 Observo a mis alrededores en busca de alguna explicación a toda la locura. Todo me parece tan familiar ¡Ya he estado aquí, en esta situación! Ya he vivido esto antes… Tengo que dejarlo salir, o ella lo hará por con sus negras garras y en el proceso matará a su propio hermano. Una tonada me viene a la cabeza, y en el momento en que comienzo a cantar, la criatura al otro lado de la puerta se calma. 

 
“Dulce niño del bosque, 

con tus ojitos de borrego, 

audaz niña de la noche, 

con tus manitas de algodón, 

corran a su madre, 

que cansada está 

y el sol se oculta ya... 

 

Niña de la noche, 

tu hermano  

¿Dónde está? 

ya es la hora, ya es la hora 

de dejarle salir...  
 

 Cuando termino de cantar mi vientre comienza a arder mucho, un dolor que nunca antes había sentido recorre mi abdomen,  y entonces unas pequeñas y afiladas garras salen de él. Lo puedo ver, una criatura similar a mi tumor, pero más pequeña, la cual abandona mi cuerpo a través de la herida. Muerdo mis labios hasta que un hilillo de sangre cae por mi mentón. Ya no puedo más, no me importa morir, solo quiero que este dolor termine. Siento como voy perdiendo el conocimiento. Unos momentos antes de desvanecerme escucho dos hermosas voces infantiles, uno de una niña, y el otro de un niño: “Gracias madre, ahora puedes descansar.” 

 Cuando vuelvo a despertar, estoy en una habitación de hospital, y a mi lado, sujetando mi mano, está Fernando, quien llama por una enfermera al verme despertar. En menos de diez segundos, llega una señora regordeta seguida del doctor Ficci. 

 Después de hacerme unos breves test para estar seguro de que yo estoy en buenas condiciones, el doctor me pide disculpas y me explica que cometió un grave error: Tras revisar nuevamente las radiografías de mi abdomen, se percató de que yo tenía un segundo tumor dentro de mí detrás del primer tumor, y que por esa razón ninguno de los doctores notó su presencia.  

 Aparentemente, el dolor se había vuelto tan insoportable para mí, que quebré el espejo de mi baño y yo misma había extirpado el quiste de mi interior y en el proceso, destruí gran parte de mi habitación, incluida la puerta del baño. El señor Guillermo escuchó el escándalo y llamó a carabineros. Gracias a eso no morí desangrada. 

 Le cuento al doctor lo que vi aquella noche, mis pesadillas y los monstruos que había visto, pero él me detiene y me explica que bajo las condiciones en las que yo estaba, era de lo más normal sufrir de alucinaciones. 

 Finalmente me siento aliviada y ya puedo descansar. Estoy tan cansada que poco a poco me voy quedando dormida a la vez que el doctor me da más y más explicaciones. 

 —Solo le tengo una última pregunta antes de irme a dormir, doctor Ficci ¿Dónde quedaron los tumores? Me gustaría ponerlos en un frasco. 

 El doctor me mira extrañado. 

 —Eso mismo te queríamos preguntar, no los encontramos por ninguna parte. 


Comentarios: 3
  • #3

    Erick Salazar (lunes, 18 junio 2018)

    Tienes demasiado potencial. Tenía que decirlo.
    Saludos desde Cancún, Quintana Roo, México.

  • #2

    Eliseo Levicán Vargas, (domingo, 10 junio 2018 15:26)

    Soy corresponsal de prensa de Radio Maipú y de Radio Futuro de Suecia 88.4 FM y además crítico de Literatura y de comics chileno.
    email :elevican@yahoo.com
    Nos conocimos cuando tu vendías tus libros en la vereda de la plaza del Mulato Gil en Santiago.
    Espero que te vaya muy bien en tu negocio.
    El viernes pasado fui a un lanzamiento de un libro de poesía de un joven de Valparaìso en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, ubicada en Plaza Baquedano.
    Tengo un blog sobre cine,teatro,cine y otras artes visuales y que puedes visitar:
    http://vitrinaaudiovisual.blogspot.com/
    Me despido atte : Eliseo Levican Vargas

  • #1

    7franvam@gmail.com (martes, 15 mayo 2018 17:20)

    Excelente publicación: Creatividad, suspenso, emoción. Innovadora forma de llevarnos a
    ser parte por unos instantes, del contexto y el sentir de los personajes.